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domingo, 14 de noviembre de 2010

Artículo de Manuel Pimentel: "El decálogo del caminante" + humor gráfico de Miguel Brieva



En estos momentos de tribulación y dolor distribuido por todas las capas de la sociedad española, resulta sabio descubrir lo que de positivo pueden encerrar las dificultades que atravesamos.

No caminas solo. Tu felicidad también se encuentra en la de los demás. Lo que das, recibes

Hace unas semanas me invitaron a pronunciar unas palabras en el I Congreso Internacional de la Felicidad. Acepté sin saber muy bien del todo qué podía aportar yo a materia tan vaporosa y subjetiva. ¿Qué es la felicidad? Según el diccionario de la RAE, la felicidad es el estado del ánimo que se complace en la satisfacción de un bien. También la describe con los sinónimos de satisfacción, gusto, contento. Poca cosa para definir ese luminoso objeto del deseo. Todos queremos ser felices; ahora bien, ¿cómo se consigue?

No lograba enfocar mi intervención. ¿Tenía yo atributos morales para hablar de felicidad? ¿Soy feliz? Pues a ratos sí y a ratos no, como casi todo el mundo, supongo. Tan solo los místicos en éxtasis o los yoguis del nirvana pueden considerarse en estado de felicidad permanente. El resto de los mortales podemos hacer balances globales entre los momentos buenos y los malos, y la coincidencia razonable entre nuestros deseos y nuestra realidad, o, mejor aún, en la coherencia percibida entre nuestro comportamiento y nuestros ideales.

Uno no es feliz. Uno se siente feliz, que es algo bien distinto. La felicidad se mire con un baremo interior, íntimo, exclusivo. Es un efímero cotidiano, subjetivo y placentero. También es el balance de un camino en su conjunto. Lo que para unos hace feliz, para otros supone congoja. Nadie externo puede saber en verdad cuán felices nos sentimos. Nuestras vidas son caminos que recorremos paso a paso, jornada a jornada. Hay etapas buenas, menos buenas y malas. Al igual que no es lo mismo un viajero que un turista, también existe una sabiduría del caminante, que lo distingue del triste deambular zombi de una parte importante de la población.

Decidí, en un ejercicio de osadía, resumir esa sabiduría en un sucinto decálogo del caminante, que, en pinceladas, enumero a continuación:

Primero. Ten sueños, metas e ideales. Conceden sentido a tu andar y marcan el norte a tu brújula vital. Justifican el esfuerzo que realizas. La sensación de acercarte a ellos te proporcionará felicidad en tu camino.

Segundo. Que esa meta te estimule, que no te aplaste. Metas más allá de tus posibilidades pueden frustrarte. Por el contrario, metas demasiado cortas pueden acomodarte y hastiarte. Deben conseguir que te esfuerces para dar lo mejor de ti, pero no amargarte ni alienarte.

Tercero. La felicidad no se concentra en el preciso instante de cruzar la meta, hay que saber encontrarla en cada etapa del camino. No la difieras en exclusiva al futuro logro de tus objetivos, disfruta de las pequeñas cosas de cada jornada. Establece metas intermedias; superarlas te estimulará y te reafirmará en el camino correcto.

Cuarto. A meta alcanzada, nueva meta planteada. Evitarás el hórror vacui de una vida sin proyecto ni norte. Esas nuevas metas no solo deben conjugarse con el más y más, sino con lo diferente y, sobre todo, con lo mejor.

Quinto. Apóyate en el bastón de tu talento, guíate por la brújula de tus sueños e ideales, y planta tus botas sobre la realidad. Los viejos caminantes saben que para llegar lejos deben marchar paso a paso, mirando al suelo para no tropezar, pero elevando la mirada a las estrellas para marcar el rumbo a seguir. Que tu inteligencia e intuición te ayuden a escoger la ruta más adecuada en las muchas bifurcaciones que se te presentarán cada día.

Sexto. El camino tiene sentido en su conjunto. Integra en él los capítulos duros, de dolor y sufrimiento. Aislados, te amargarán; insertos en tu vida entera adquirirán sentido. Lo comprenderás cuando tengas suficiente altura de miras como para poder comprender tu propio camino pasado y sepas aprovecharlo para el que aún te queda por recorrer.

Séptimo. Los demás caminantes reconocen en ti al personaje que tú proyectas. Eres lo que haces y no como piensas que eres. Raymond Carver escribió que "Tú no eres tu personaje, pero tu personaje sí eres tú". El personaje que los demás ven, es más real que la persona que tú te consideras en tu interior. Presta atención a lo que en verdad haces, y no te autojustifiques con la excusa de lo que piensas que eres.

Octavo. La coherencia entre tu persona y tu personaje, entre lo que piensas y lo que haces, te hará sentir bien. La incoherencia vital te hará el camino insufrible.

Noveno. Tu vida es una novela que escribes con tus actos. Conoce a tu personaje y desarrolla tus potencias en función de las circunstancias y de tus sueños e ideales. Comprende tu realidad de escritor de la propia novela de tu vida, influye en el argumento de tu novela y concede mayor protagonismo a tu personaje. Podrás comprender tu camino en su conjunto.

Décimo. No caminas solo. Tú felicidad también se encuentra en la de los demás. Lo que das, recibes. Ayuda con generosidad y no olvides que, además de las personas, también nos acompaña la naturaleza ubérrima con toda su vida hermana.

Un decálogo sencillo para un camino complicado de rosas y espinas. El de tu propia vida. ¡Suerte con ella, hermano!

EL PAÍS

sábado, 2 de octubre de 2010

Artículo de Juan José Millás: "Números"



El pin del móvil y el puk del módem, la contraseña de iTunes, el teléfono fijo de mamá, el prefijo de Asturias, la clave de acceso al cajero automático, la matrícula del coche, el número del DNI, la inflación interanual, el producto interior bruto, el diferencial de la deuda, la talla de los pantalones y la ropa interior, las dimensiones de la pena, los 31 días de enero y los 28 de febrero, tu cumpleaños, nuestro aniversario y el del fallecimiento de papá, el tiempo de cocción del huevo duro y la caducidad del yogur, las cucharadas diarias de jarabe, la cantidad de sal, el valor de referencia de la urea, las pulsaciones por minuto, la temperatura del microondas, las horas de insomnio, la línea 5 del metro y el vía crucis de las 12 estaciones, los dígitos de la hipoteca, el IVA, el IRPF, el Euríbor, el tanto por ciento de descuento, los puntos de la tarjeta de Iberia, la hora de entrada, la numerología china, los honorarios del dentista, los dedos de la mano, los pelos de la cabeza (pocos), los pares de calcetines, la cuenta del supermercado, el cuentakilómetros, el cuentarrevoluciones, el contador del gas, de la luz, las páginas de Anna Karenina, los volúmenes de la enciclopedia Espasa, el limitador de velocidad, los metros cuadrados construidos y los hábiles, los cuartos de baño, los puntos de luz, el salario bruto y el líquido, los años de cotización, el tiempo de carencia, la tercera temporada de Mad Men, la cuarta de El ala Oeste de la Casa Blanca, la quinta de Los Soprano, el control del peso, el podómetro, el metrónomo, los litros de agua consumidos, los goles del domingo, el porcentaje de seguimiento de la huelga según los sindicatos, según la policía, según el Gobierno, la patronal o Dios, el décimo de Navidad (que acabe en 7), la indemnización por año trabajado. Y la sala 10 del tanatorio, por ejemplo. EL PAÍS


miércoles, 21 de julio de 2010

Artículo de Elvira Lindo: "Lo que no sé"


"Con todo lo que tú no sabes se podría escribir un libro": esa es la frase que Tobias Wolff eligió como cita inicial para Vida de este chico, las memorias de su adolescencia. No se trata de una cita literaria sino de las palabras que solía dirigirle un padrastro cruel. En estos tiempos que vivimos yo me aplico esta frase con bastante frecuencia. Doy vueltas por las páginas de economía y política del periódico (de este y de otros) y pienso: "con todo lo que yo no sé voy a tener que escribir una columna".

El presente se está volviendo tan complejo y el futuro tan incierto que cada vez me provoca más vértigo ofrecer una opinión que puede cambiar de un día para otro. Me he visto pensando una cosa y su contraria en el margen de una semana, sin saber a qué carta quedarme ante las posiciones encontradas de dos expertos. A veces me obceco discutiendo de manera vehemente con un amigo sobre la energía nuclear, el recorte de salarios o el nuevo contrato de trabajo. De pronto, algo me detiene. Eso que me paraliza es la duda: ¿y si el otro llevara razón?, ¿y si mi opinión siguiera la cómoda plantilla de lo que se supone que una persona como yo tiene que pensar?

Admiro la vehemencia con la que algunos de mis colegas defienden sus posturas. Imagino que un buen caparazón ideológico ayuda a tener convicciones infranqueables porque, en lo que se refiere a conocimientos reales sobre lo que está pasando..., sospecho que la mayoría patinamos. Hay una frase a la que recurro cuando siento desazón por el enorme tamaño de mi ignorancia. Es de Chéjov, ese santo laico: "No he adquirido todavía un punto de vista político, religioso o filosófico. Cambio de opinión cada día y consecuentemente he de limitarme a describir cómo mis personajes aman, se casan, se alimentan, mueren y hablan". Su asombro y su humildad me iluminan. EL PAÍS


domingo, 20 de junio de 2010

In memoriam de José Saramago, el escritor comprometido con la vida


El legado literario del escritor José Saramago supone el feliz encuentro de la gran literatura en letras mayúsculas con el compromiso social, a través de sus palabras y hasta el último momento, con el fin de retratar la realidad de un mundo con muchas aristas imperfectas. Hoy en día, su obra permanece más viva más que nunca, y si no están de acuerdo con ello, les recomiendo la lectura de sus Ensayo sobre la lucidez y Ensayo sobre la ceguera, ficciones que ilustran la posibilidad de votar mayoritariamente en blanco, o que nos alertan sobre la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron.

En palabras del propio Saramago, “empezar a leer fue para mí como entrar en un bosque por primera vez y encontrarme de pronto con todos los árboles, todas las flores, todos los pájaros. Cuando haces eso, lo que te deslumbra es el conjuntoEspero morir como he vivido, respetándome a mí mismo como condición para respetar a los demás y sin perder la idea de que el mundo debe ser otro y no esta cosa infame”. Y, desde luego, nuestro mejor homenaje sería leer la obra de este hombre universal, que intentó "alumbrar" con su luz las "tinieblas" de nuestro recorrido vital. Descanse en paz José Saramago.



ARTÍCULO de Ramón Lobo: "El escritor que abrazaba hombres"

Hay dos tipos de escritores: los que se asilan del mundo y tratan de modificarlo desde sus libros y personajes sin otro compromiso que la búsqueda permanente de la excelencia; y los que como José Saramago, que además de escribir obras esenciales como El memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis, los dos ensayos, el de la ceguera y el de la lucidez, y la maravillosa Caín, entre otras, son capaces de salir al mundo y tratar de cambiarlo con sus propias manos. Esa generosidad quijotesca la debió de heredar de su abuelo, quien antes de morir hace ya muchos años se levantó de la cama, abrazó los cuatro árboles que tenía en su huerto y se fue en paz, con la tranquilidad del deber cumplido.

Saramago nunca se escondió. Renunció a muchas líneas escritas en su atalaya de Tías, en Lanzarote, desde donde se ve el mar, por salir a la calle y dar voz a los que no la tienen, a los que nadie escucha, a los que nadie ve. Estuvo en todas las batallas en las que había un ser humano al que abrazar, fuese en Chiapas o en Haití, en Argentina, Chile o Uruguay, donde dictaduras sangrientas y crueles dejaron la huella de la otra cara del hombre. Libró batallas en favor de África, del continente oscuro y silenciado por una globalización informativa que solo habla de las cosas del hombre blanco, y otras en favor de sus inmigrantes desde su Lanzarote adoptiva, frontera primera para los que huyen de las guerras, la miseria, las enfermedades y la pobreza. También tomó partido por Palestina y los palestinos, cuya persecución y desgracia comparó con la que sufrieron muchos judíos en la Europa nazi y que le granjeó la beligerante enemistad de todos los gobiernos israelíes.

José Saramago sabía que el premio Nobel de Literatura no era solo un galardón, el más importante para un escritor, era sobre todo una responsabilidad. Un gran altavoz para una voz que siempre habló en favor de los desfavorecidos, de los que escribió y duplicó en personajes extraordinarios como Baltasar y Blimunda en El memorial, seres que habitaron sus libros dándoles el sentido trascendente de las grandes obras.

Una vez, sentado ante el jardín de su casa, un reportero le habló de la relación entre el periodismo y la literatura. "Son orillas de un mismo río", dijo algo presuntuoso el informador. Saramago le miró a los ojos y respondió: "¡Qué más quisieran los periodistas! Cuando uno lee una obra maestra como Guerra y Paz de Tolstoi es mejor persona, ha vivido otra vida. Cuando uno lee un buen reportaje solo está mejor informado".

Ahora que se ha apagado el hombre, queda el escritor, el ser comprometido, sus obras y su ejemplo. Y nos queda su memoria, que se transformará en memoria africana y en África. Los hombres grandes nunca mueren, solo se van y nos acompañan de otra forma. EL PAÍS




DISCURSO de aceptación del Premio Nobel de Literatura (Academia Sueca, 10 de diciembre de 1988):





CORTOMETRAJE de ANIMACIÓN: La flor más grande del mundo (Juan Pablo Etcheverry, 2007):

Este trabajo nos habla de la importancia de las cosas pequeñas y de todo aquello que nos rodea, máxime en tiempos difíciles como los actuales. Basado en un relato de José Saramago y con música de Emilio Aragón, la narración del corto, de gran carga simbólica, corre a cargo del propio escritor portugués, que también forma parte del elenco de personajes. Esta producción obtuvo en la última edición del Festival de Puerto de la Cruz (2009) el Premio al mejor Cortometraje de Ficción o Animación y, con anterioridad, también estuvo nominado, en la última edición de los Goya, en la categoría de Mejor Corto de Animación.

Para disfrutar del vídeo (ELPAÍS.com), hacer "clic" en la siguiente imagen:





Humor gráfico: Forges




lunes, 14 de junio de 2010

Artículo de Juan José Millás: "Hambre" + humor gráfico (El Roto)


A veces imagino un pulmón que fuera la suma de todos los pulmones, un corazón que fuera la suma de todos los corazones, un hígado que fuera la suma de todos los hígados, un hombre que fuera la suma de todos los hombres y una mujer que fuera la suma de todas las mujeres. Sólo habría en el mundo un hombre y una mujer, pero tendrían un tamaño enorme. Y habría un solo perro, pero un perro gigantesco también, pues provendría de la adición de todos los perros. Y un solo gato, desde luego, y un solo gorrión, pero estamos hablando de un gorrión con un tamaño colosal, imagínenselo. En buena lógica, habría también una sola bacteria, un único virus, una sola rosa, sólo un clavel, una espina nada más, una lágrima...

Ahora mismo, al tiempo que usted respira, están respirando miles de millones de seres humanos en todo el mundo. Muchos toman y arrojan el aire en el mismo momento en el que lo toma y lo arroja usted. Los pulmones de unos y de otros son básicamente idénticos, quizá, en alguna medida difícil de entender, aunque fácil de intuir, sean el mismo. La idea de que todos respiramos con el mismo pulmón es a la vez estimulante e inquietante, como la de que hubiera un solo estómago para el conjunto de la humanidad. ¿Cómo nos las arreglaríamos en este caso? No es tan difícil de imaginar. Las abejas, sin ir más lejos, disponen de un estómago social, además del propio, en el que guardan la miel comunitaria. Supongamos que tuviéramos que compartir el intestino grueso, el bazo, el páncreas, los riñones, el útero, los ojos, la lengua...

Supongamos que tuviéramos que compartir la Tierra, que tuviéramos que compartir la atmósfera. Imaginemos que hubiera una sola biosfera para todos. De hecho, hay una sola Tierra, una sola atmósfera, una sola biosfera, lo que es tan espectacular como disponer de un solo estómago, de un solo corazón, de una sola lengua, de un ojo único, un abdomen indiferenciado. Parece terrorífico, sí, pero resulta fantástico también que todos los cuerpos sean el mismo cuerpo, que todos los seres humanos seamos el mismo ser humano. Ahora tendríamos que deducir que el hambre de aquéllos es la nuestra, pero la imaginación no nos da para tanto. EL PAÍS


sábado, 5 de junio de 2010

Artículo de Juan José Millás: "Fin de fiesta" + Humor gráfico (Miguel Brieva)


A ver si lo hemos entendido bien: tenemos, como reino y como individuos, una deuda que nuestros acreedores desconfían de cobrar. Es cierto que nos prestaron el dinero sin exigir garantías, como si buscaran, justamente, lo que está sucediendo, pero eso ahora no importa. Lo que importa es que los prestamistas, preocupados de súbito por nuestra insolvencia, envían a sus matones financieros con el siguiente mensaje: reduzcan, para pagar lo que nos deben, su nivel de vida o les rompemos las piernas. Como ya hemos visto otros países con las piernas rotas, y resulta un espectáculo sobrecogedor, obedecemos sin rechistar, y a toda prisa. Menos medicinas, menos enseñanza, menos justicia, menos cheques bebés, menos leyes de dependencia, menos autopistas, menos trenes, menos pensiones, menos salario, menos indemnizaciones por despido, menos salir a cenar, menos alegrías.

Pero al ejecutar la operación advertimos con espanto que la reducción del nivel de vida que nos exigen provoca menos trabajo, menos crecimiento, menos ingresos y, por tanto, más déficit, es decir, más deuda y más dificultades para hacernos cargo de ella como personas responsables. La situación es idéntica a una de esas pesadillas en las que corres sin avanzar, caes sin caer, subes las escaleras sin llegar nunca a la azotea o, peor aún, descubriendo que la ascensión conducía al sótano. Parece que lo que buscan a toda costa nuestros prestamistas es una coartada para rompernos las piernas. La economía es una disciplina complicada, y cruel. Personalmente, no la entiendo, pero tampoco escucho nada inteligible a los expertos. ¿Dónde empezó todo? ¿Es rentable el negocio de la ruptura de piernas? ¿Quién nos ha entrampado de esta forma? ¿Sabían los políticos que nos han gobernado durante los últimos 20 años que la fiesta terminaría de este modo? El PAÍS


lunes, 5 de abril de 2010

Artículo de Rosa Montero: "El valor de lo sagrado"


El otro día vi por casualidad en televisión los diez últimos minutos de Kundun, la película que el gran Martin Scorsese hizo sobre el Dalai Lama en 1997. Creo recordar que, en su momento, el film recibió un vapuleo considerable de la crítica; esos minutos finales, los únicos que conozco de la cinta, me parecieron conmovedores. Tenían algo muy bello e hipnotizante y constituían una rareza cinematográfica. Recordaban más una oración, un poema visual a lo sagrado, que una película convencional. Tal vez todo un film así, si es que el resto es así, resulte excesivo, y de ahí las críticas. O tal vez Scorsese se enfrentara a un doble dogmatismo: por un lado, el de cierta izquierda maoísta, mucho más berroqueña hace diez años, que detesta al Dalai por su oposición a la invasora China; y, por otro, el de aquellos racionalistas tan extremados que no pueden soportar nada que tenga que ver con lo espiritual.

Yo no soy creyente. No me cabe un Dios en la cabeza, y mucho menos si pensamos en dioses antropomórficos. La verdad, no soy capaz de aceptar intelectualmente algo así: lo veo como creer en las hadas. Además la historia demuestra que los jerarcas de las diversas religiones suelen abusar de su poder y cometer todo tipo de tropelías; desde ese punto de vista soy bastante anticlerical, y pienso que, en efecto, la religión puede ser usada como el opio del pueblo. Claro que hay muchos otros opiáceos: el dogmatismo marxista, por ejemplo, también ha adormecido y embrutecido a las masas. El problema, en realidad, es el fanatismo. Eso es lo que te lamina las neuronas.

Pero el que no crea en ninguna divinidad no implica que no sea capaz de escuchar el latido del misterio de la existencia. La vida es un enigma colosal, y los seres humanos, encerrados en la menudencia de nuestra individualidad, nos sentimos abrumados y hechizados por la enormidad de lo que nunca sabremos. Y esa enormidad es lo sagrado. O sea, una realidad que nos trasciende, que es muchísimo más grande que nuestra pequeña vida y nuestra pequeña muerte. No podemos soportar la idea de morir, siempre tan pronto, siempre tan insensatamente, e intentamos ir más allá de nuestro corto tiempo y de nuestra ignorancia.

De esa ansia de perdurar y entender nacen las religiones, pero también las obras de arte, las sinfonías, las novelas, la teoría de la relatividad, la física quántica, la fenomenología, la observación de los planetas en la helada y oscura inmensidad del cosmos. No creo que haya en los humanos un sentimiento más extendido, más básico y primario que el del impulso espiritual, que es esa necesidad de salir de nosotros mismos, de unirnos al resto de los humanos, de dar sentido de algún modo al sinsentido de la existencia, de vernos formar parte de un marco mayor que nos consuele de nuestra insoportable pequeñez. Ya digo, es un rasgo primordial en las personas, y muchos de los que aparentemente rechazan todo lo que tenga que ver con "lo espiritual" no se dan cuenta de hasta qué punto también están siendo movilizados por ese sentimiento. El marxismo, por ejemplo, es otra de las respuestas a esa necesidad humana de trascendencia; y cuando un izquierdista fervientemente materialista se conmueve viendo una manifestación de marxistas puño en alto, está experimentando una emoción religiosa, de religare, unir, al sentirse hermanado con los demás seres del planeta en un proyecto colosal, en el sueño de la construcción de un paraíso en la Tierra. Eso, por mucho que le fastidie la palabra, es una conmoción puramente espiritual.

Todos, creyentes o no, ricos o pobres, intelectuales o analfabetos, tenemos esa capacidad para sentirnos rozados por el ala oscura de lo sagrado. Es decir, por la turbación y el embeleso del misterio esencial. Los japoneses lo llaman satori, los psicoanalistas hablan de "momentos oceánicos". Puede suceder en un atardecer tranquilo y hermoso, o tal vez, como a mí me ha pasado alguna vez, contemplando los ojos aterradoramente humanos de un gorila. Sabes de lo que hablo: de ese instante en el que todo parece encajar y te sientes formar parte del mundo, del tiempo, del todo. Y la vida palpita dentro de ti, monumental y quieta. EL PAÍS SEMANAL

lunes, 8 de marzo de 2010

Artículo de Manuel Vicent: "Tener clase"

No depende de la posición social, ni de la educación recibida en un colegio elitista, ni del éxito que se haya alcanzado en la vida. Tener clase es un don enigmático que la naturaleza otorga a ciertas personas sin que en ello intervenga su inteligencia, el dinero ni la edad. Se trata de una secreta seducción que emiten algunos individuos a través de su forma natural de ser y de estar, sin que puedan hacer nada por evitarlo. Este don pegado a la piel es mucho más fascinante que el propio talento. Aunque tener clase no desdeña la nobleza física como un regalo añadido, su atractivo principal se deriva de la belleza moral, que desde el interior del individuo determina cada uno de sus actos.

La sociedad está llena de este tipo de seres privilegiados. Tanto si es un campesino analfabeto o un artista famoso, carpintero o científico eminente, fontanero, funcionaria, profesora, arqueóloga, albañil rumano o cargador senegalés, a todos les une una característica: son muy buenos en su oficio y cumplen con su deber por ser su deber, sin darle más importancia. Luego, en la distancia corta, los descubres por su aura estética propia, que se expresa en el modo de mirar, de hablar, de guardar silencio, de caminar, de estar sentados, de sonreír, de permanecer siempre en un discreto segundo plano, sin rehuir nunca la ayuda a los demás ni la entrega a cualquier causa noble, alejados siempre de las formas agresivas, como si la educación se la hubiera proporcionado el aire que respiran. Y encima les sienta bien la ropa, con la elegancia que ya se lleva en los huesos desde que se nace. Este país nuestro sufre hoy una avalancha de vulgaridad insoportable.

Las cámaras y los micrófonos están al servicio de cualquier mono patán que busque, a como dé lugar, sus cinco minutos de gloria, a cambio de humillar a toda la sociedad. Pero en medio de la chabacanería y mal gusto reinante también existe gente con clase, ciudadanos resistentes, atrincherados en su propio baluarte, que aspiran a no perder la dignidad. Los encontrarás en cualquier parte, en las capas altas o bajas, en la derecha y en la izquierda. Con ese toque de distinción, que emana de sus cuerpos, son ellos los que purifican el caldo gordo de la calle y te permiten vivir sin ser totalmente humillado. EL PAÍS



domingo, 31 de enero de 2010

Artículo de Juan José Millás: "Un adverbio se le ocurre a cualquiera" (Premio VI edición Don Quijote de Periodismo)


Hemingway cobraba los artículos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones que adverbios, conjunciones que artículos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabía quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio había una tienda de ultramarinos, una mercería, una droguería, una panadería, una lechería… Pero no había ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente había que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario.

Imaginé entonces que ponía una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendía a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponía yo, venía de sustancia. Si la sustancia de una frase dependía de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venía el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahí, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasías, compraba tres sustantivos, le reglaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria había también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja…

El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedía también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el día construyendo oraciones. Las había de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mí me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, había mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas.

La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difícil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un día que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mí, le dije que no se preocupara, pues había decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debía poner mis energías en cuestiones prácticas. Ahí acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituían un capítulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable.

De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envío al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artículo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artículo estupendo. Me levanté, cogí un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolígrafo, pero la pieza había desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artículos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio. Un adverbio se le ocurre a cualquiera.



miércoles, 27 de enero de 2010

Artículo de Manuel Vicent: "Astronomía" + Fotografía de Daniel López


De noche, al final del verano, en la terraza de un café a orillas del mar, un hombre y una mujer de mediana edad discuten de cosas domésticas. Por la violencia soterrada de las palabras, acompañada de crueles silencios, parece que la pareja está al borde de la ruptura. Bajo miles de millones de galaxias, que pueblan el universo infinito, la mujer le echa en cara al hombre, una vez más, que se olvide siempre de bajar la tapa del retrete.

En la mesa vecina un viejo le muestra a un niño la Vía Láctea, que se ve con toda claridad esa noche de luna nueva y luego con el dedo enumera con su nombre algunas constelaciones: Perseo, el Cisne, la Osa Mayor, la Casiopea. Los clientes del bar se enteran de otros problemas de la pareja: la mujer no cierra nunca el bote de champú y deja además pelos en el lavabo; en cambio él ronca como una foca y después de la ducha nunca cuelga la toalla mojada. Es la fase terminal de un amor.

Desde la terraza del bar se distinguen a simple vista algunos satélites de Júpiter formando un collar. Son Ganímedes, Io, Europa y Calisto, cuyo descubrimiento dio con el pellejo de Galileo en la mazmorra. Si todos los que han soñado con ir a Ganímedes hubieran realizado ese viaje, allí no se podría aparcar, dice el viejo.

En otra mesa una chica le propone a su amigo ir nadando mañana hasta el escollo de la Mona, un pequeño islote deshabitado, que está lleno de hinojo marino. Son muy jóvenes, recién salidos de la adolescencia y su pasión se halla en el primer grado de embriaguez. Les basta con mirarse intensamente a los ojos sin importarles nada las estrellas. Mientras la mano del chico sortea las copas del helado de chocolate para alcanzar tímidamente la mano de ella y con la yema del índice le acaricia las venas del dorso, como un camino entrecruzado que aún ignora adonde le va a llevar, la chica le dice que el hinojo marino hervido con vinagre es excelente para la ensalada, según le ha contado su madre.

Bajo las constelaciones en la terraza del bar un amor empieza y otro termina. El viejo le dice al niño que el planeta Júpiter es una estrella fallida, mil veces mayor que la Tierra. Su poderosa atracción absorbe toda la basura del sistema solar. También se lleva a Ganímedes los sueños de los amores perdidos.


Fotografía: Daniel López

sábado, 23 de enero de 2010

Artículo de Ramón Muñoz: "Low cost" + Humor gráfico (Forges)


Estamos creando una sociedad low cost o de bajo coste, a imagen y semejanza de esas aerolíneas que te llevan al Polo Norte, ida y vuelta, por diez eurillos, botella de agua no incluida y con derecho a un solo pipí en todo el trayecto. Muchos creen que ese modus operandi, rácano pero práctico, se está trasladando al ámbito productivo, es decir, que la paga de los curritos y su capacidad para llenar el carrito del híper también se está volviendo low cost a marchas forzadas.

Yo voy más allá. Creo que el bajo coste se está enraizando en nuestras costumbres como una hiedra pegajosa y urticaria. En realidad, esto viene de antiguo, justo cuando Burger King abrió en Madrid su primer restaurante, allá por 1975. Muchos se quedaban entonces estupefactos: los fugaces comensales, después de zamparse la hamburguesa, limpiaban y recogían sus bandejas, sin rechistar y sin que nadie se lo ordenara. Les hablo de la España en la que no había papeleras en los bares y las barras eran verdaderas cochiqueras porque estaba hasta mal visto no arrojar al suelo colillas, huitos y cabezas de gambas.

Ese virus Whopper disfrazado de civismo se propagó, y ahora amenaza a la razón de ser de nuestras vidas: el consumismo. El que paga ya no manda; al contrario, curra. Repostamos gasolina, nos pesamos la fruta en el súper, depositamos la basura en veintisiete cubos de colores, montamos los muebles del Ikea, nos autoinstalamos el ADSL... ¡Y encima pagamos por todo ello! Pronto, las funerarias repartirán cartelitos por los hospitales que digan: "Por favor, momentos antes de morirse, métase en el féretro, y cierre delicadamente la tapa". ¡Cómo diablos no va a haber cada vez más mileuristas si el personal está dispuesto a ejercer de camarero, frutero y técnico-instalador por la cara!


La protesta también se ha vuelto low cost. Lo de tirar adoquines no se lleva. Ya puede estar la cola del INEM a reventar o las cuentas públicas en barrena, que la calle sólo se pone en pie para denunciar que el presidente de su fútbolclub es un chorizo. En estos tiempos de política ciberlight, el colmo de lo reivindicativo es ir a un concierto y corear "eo eo eo" cuando el rockstar, generalmente cincuentón y multimillonario, jalea consignas manidas de paz, amor y verde que te quiero verde. La peña sale encantada con su inconformismo popero. Y eso que les han cobrado 80 eurazos por la entrada. Pero si hasta la Coca-Cola va a sacar un refresco low cost, unos polvitos a los que se añade agua y saben a jarabe. Lo va a llamar Menos es más. No les digo más. El PAÍS




martes, 19 de enero de 2010

Artículo de Luis María Ansón: "El idioma del periodismo", Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes 2009 (El Cultural)


Al fondo, las llamaradas de las explosiones. En los tímpanos, el estruendo de los disparos. En el entorno, la agitación de la guerra. El corresponsal de televisión improvisa su crónica en directo, cara al espectador. Habla al servicio de la información; también con el esfuerzo añadido de expresarse correctamente, incluso bellamente, en una situación límite entre el temor y el temblor de la batalla que se libra a su alrededor.

Final del campeonato de fútbol en España. Furor en el estruendo de las gradas. El cronista deportivo pegado al micrófono radiofónico vomita materialmente las palabras para adaptarse a la celeridad del juego. Le escuchan centenares de miles de personas y muñequea para que la corrección gramatical y sintáctica vertebre sus palabras. Un prodigio que no lo atropelle todo.

Son dos ejemplos de los cien que podría poner. No tienen razón algunos compañeros míos de la Academia. No es lo mismo escribir un artículo en la mesa del despacho, con sosiego, sin sobresaltos ni urgencias, el diccionario a mano para la consulta y la reflexión, que la exigencia de rapidez y las situaciones de peligro que, en muchas ocasiones, presiden el ejercicio profesional del periodista, encendido en el destello de la palabra urgente.

Está claro que los medios de comunicación, el periódico impreso, hablado o audiovisual, deben esforzarse por hacer más limpio y transparente el idioma. Su influencia sobre el ciudadano medio resulta decisiva. La gente habla condicionada por la radio y la televisión. La responsabilidad del profesional en este sentido es muy grande. En algunos casos los periodistas destrozan el idioma. Sus rebuznos enanizan la lengua de Rubén y San Juan, de Gabriela Mistral y Ana María Matute.

Pero, en líneas generales, los profesionales del periodismo impreso o audiovisual, incluso en situaciones límite, están conscientes de su responsabilidad, se desembarazan de la general estolidez y contribuyen a que los ciudadanos hablen de forma más correcta. Antes que en el hogar o en la escuela, el idioma se aprende en la televisión. Los niños y adolescentes beben las palabras hipnotizados ante el televisor. Por la imaginación de Nebrija no pudo pasar lo que hoy es la realidad social cotidiana.


El español es el segundo idioma internacional del mundo, tras el inglés. El chino, aparte del enjambre dialectal que lo zarandea, apenas cruza las fronteras de aquel país gigantesco. En la primera potencia del mundo, los estudiantes matriculados en español superan a la suma de todas las demás lenguas: francés, alemán, italiano, portugués, ruso, japonés, chino… Estados Unidos se ha empinado ya como el segundo país hispanohablante del mundo, tras México. En la nación más poblada de Iberoamérica, Brasil, al margen de los escapularios ideológicos y las zahúrdas nacionalistas, el estudio del español es obligatorio oficialmente. En las más diversas naciones del mundo desde Suecia a Japón, desde Alemania a Corea, el castellano es, tras el inglés, la lengua extranjera elegida por los estudiantes. Más de 450 millones de personas hablan el idioma de Cervantes y Neruda, de Quevedo y Borges. Ah, y como lengua nativa, el español ha desbordado ya al inglés.

La responsabilidad de los medios resulta clave para limpiar, fijar y dar esplendor a nuestro idioma. Me complace subrayar que mis compañeros profesionales están haciendo una inmensa labor en ese sentido, aunque haya excepciones y algunos martiricen la palabra, fracturen la sintaxis y asilvestren la expresión. En todo caso, los latigazos que recibe el español no están residenciados, hoy por hoy, en los medios de comunicación tradicionales sino en el lenguaje digital y en los sms. Las academias, los institutos, las universidades, tendrán que atarse los machos y lidiar ese toro sobre el nuevo albero tecnológico. Los mensajes telefónicos, convertidos en taquigrafía epiléptica, han sustituido a la comunicación epistolar. No va a ser fácil salvar la corrección del idioma, tiznado por el atropello digital.



jueves, 17 de diciembre de 2009

Artículo de Donina Romero: "La moda del tuteo"


Hoy en día encontrar a alguien que nos trate de "usted" es tan difícil como entrar por una chimenea en lugar de por la puerta. Y es que el "tuteo" se está extendiendo como un virus y ya es una multitud (jurria) de gente la que lo lleva pegado a la boca como garrapata en una ingle, sin siquiera pedirte prestada la confianza un momento para hablarte. Tampoco significa que esto sea una situación trágica pero, vamos, con tal pertinacia en intimar y amigarse sólo nos dan ganas de desafiarlos a un duelo, porque entendemos que nunca han comido con nosotros y, que sepamos, tampoco tenemos un proyecto en común, con lo cual el tuteo está de más, sobre todo si viene de jovencitos/as que emplean la ignorancia para hablar sin tener en cuenta la edad de la otra persona que puede ser ya más antigua que el Paraíso Terrenal. Y es que no entiendo cómo siendo la educación hacia los demás moneda de oro, no corran buenos tiempos para la misma y tengamos que enfrentarnos, un día sí y otro también, a formas groseras en la calle y a tuteos por parte de los empleados de centros comerciales a quienes no les costaría nada moderar su exceso de confianza hacia el cliente.

Y me asomo a este asunto porque hace poco y en la sección de perfumes de unos grandes almacenes, iba servidora de ustedes acompañada de una buena amiga mucho mayor que yo (ella dice siempre que podría ser mi madre, y es verdad), elegante como la reina de Urano, con una cultura que habla como un libro y una educación que sólo oírla aumenta el caudal de sangre en el corazón. Pues bien, ahí andábamos las dos preguntando por una colonia fresca, de verano, y dispuestas a disfrutar de una tarde plácida con merienda incluida, cuando la señorita de turno, muy mona ella, delgada como una angula y frágil como un barquito de papel, comenzó, escopetiada, olvidándose de la diferencia generacional, con un "tuteo" hacia mi amiga (que era a quien le interesaba la esencia) que la mortificaba como una legión de hormigas a un donut, "¿dime, mi amor?", "¿te atendía alguien, tesoro?", con lo cual estaba cayendo malcriada del carajo p'arriba, más pesada que una losa de plomo y a mi amiga dándole las fiebres de Malta. A servidora de ustedes el enojo también me entraba ya por las arterias pues para esto del tuteo soy capaz de echar un responso al atrevido tuteador, pero hice esfuerzos por disimular tal corajina continuando enfrascada en las esencias, pues tal actitud de la dependienta me estaba pareciendo más peligrosa que un yogur caducado.

La señorita en cuestión, molestando ya como un cajón atascado, se atrevió incluso con un: "para tu edad te vendría mejor otro aroma porque éste es demasiado juvenil para ti, cariño". "Tú deberías optar por tu físico por un perfume, que sea algo más denso". Hasta que a mi educadísima amiga, ofendida (afrentada) se le activó el detector de emociones y ya cerca del colapso mental e invadida de distintos sentimientos pero sin perder los nervios (sin engrifarse) (ya sabemos que la mecánica del cerebro humano es una caja llena de sorpresas) le espetó sin carraspera (garraspera) con mucha dignidad y calma (pachorra): "¿quiere decirme "usted", señorita, que por mi edad me vendría bien cierta fragancia a vinagre viejo? Pues le diré que a "usted" le vendría mejor un perfume de educación porque la misma no es su fuerte". Y cercenándole la confianza como con un bisturí certero, dejó salpiando como a los pescados a la desconcertada e imprudente empleada, que quedó seria como un retrato y tan nerviosa como una gallina buscando un palo de gallinero donde encaramarse, mientras salíamos de allí tomándome mi amiga del brazo, erguida de su momento glorioso y casi materializando en el aire un hondo suspiro de desahogo, mientras por vía subterránea, o sea, en un susurro y con la cabeza rebosando de equilibrio se enfrascaba en una minuciosa meditación sobre la elección de la tarta o del dulce de milhojas (milonja o miloja) que unos minutos más tarde degustaríamos en la cafetería. Ay, señor, qué cosas...


lunes, 14 de diciembre de 2009

Artículo de Almudena Grandes: "¿Navidad?"


Cuando yo era pequeña, la Navidad empezaba el 22 de diciembre. El día de la lotería nos daban las vacaciones, y como al día siguiente no había clase, por la tarde nos íbamos al centro a ver las luces. Este año, ya llevan puestas casi un mes, y falta otro para que salga el gordo. El espectáculo de los esqueletos de acero repletos de bombillas apagadas que corona todas las perspectivas, me produce una misteriosa melancolía. No suelo añorar el país de mi infancia y, sin embargo, aquello era Navidad. Esto no sé lo que es.

Un signo de la era del consumo, supongo. Un indicio de prosperidad material, que sobrevive al rigor de la que hace un año iba a ser la peor crisis de la historia y ahora vaya usted a saber, porque nunca, que yo recuerde, los expertos han sido menos expertos, ni han sembrado tanto desconcierto. Una devaluación de la espiritualidad, claman quienes defienden que el espíritu humano no alienta fuera de los muros de los templos. Seguramente tienen razón, pero resulta paradójico que en una sociedad cada día más pagana -lo dicen ellos mismos, al proclamar que España se ha convertido en tierra de misiones-, una fiesta de origen religioso se dilate hasta dominar todo un trimestre de trivialidades.

Eso, la sensación de que navegamos sobre una cáscara, es lo más inquietante del virus navideño que desata cada año una epidemia más precoz que la anterior. La Navidad ha dejado de ser un compromiso de los católicos para convertirse en una pesadilla universal, una condena perpetua al villancico de la que, desde mediados de octubre, nadie puede escapar. Y, digo yo, si ya somos paganos, ¿no podríamos volver a la austeridad de cuando éramos creyentes? Lo que nos ahorráramos en diseñadores y cabalgatas podría reforzar el gasto social del Estado, mientras los expertos se ponen de acuerdo en el porvenir de la crisis económica. EL PAÍS


lunes, 15 de junio de 2009

Artículo de José Antonio Younis: "Deseo de fuga" + Humor gráfico: "Ovejitas" (Montecruz)


Es agotador como va este mundo desde que nos gobierna el ser y la nada. O sea, el poder de la economía capitalista sobre la política, que ha puesto punto final al "Estado de bienestar" a cambio del llamado "Estado mínimo", que va como una caja torácica que se contrae y se dilata buscando la suficiente narcosis para alterar nuestra conciencia del mundo. Narcosis que nos exige silencio a cambio de mantener nuestras seguridades materiales mínimas, no sea que perdamos nuestras pocas certezas.

Todo mínimo en estos Estados mínimos, poco protectores de un medio ambiente lentamente podrido; de una educación pública difamada; de una sanidad mercantilizada y dualizada más que nunca; de unos inmigrantes globalizados y de unos jóvenes precarizados administrados como nuevas "clases peligrosas" que hacen las veces de chivos expiatorios.

Mire si la ofensiva es de cuidado que la lucha de clases se ha invertido: se ha reactivado desde lo más alto de las élites mundiales dirigentes y no desde la clase obrera como era lo normal. Mientras tanto, los políticos extinguen nuestras esperanzas y encima cobran (lo que cobran). Constituyen clubes de respiración boca a boca porque les encanta el eterno retorno a través de darse mutua vida con besos médicos desapasionados: sólo quieren repetirse en los cargos, ponerse en medio de la gente para que no contacten directamente con la realidad. Son cronistas de males que nos afligen, siempre por culpa de lo que no hicieron otros políticos, y quieren presentar un mundo soportable y lleno de porvenir si les votamos, con el único deseo de parar el instinto de fuga de la gente, que ya no sabe a dónde correr. Ahora corremos hacia sus espejismos, hacia agua de justicia inexistente, hacia una definición de nosotros mismos en términos de universo implosivo que vuelve desfigurado hacia el origen de los tiempos: la nada.


Los políticos llegan cuando dejamos que lleguen, pero no se van cuando queremos. Incluso si son cadáveres políticos apuntan con dedos calavéricos a todo el que no comulgue con que los ciudadanos tenemos vida después de las elecciones, que ahí no acaba la política. Confunden la política con un espasmo y la resurrección de la carne con una gala drag que de tanto repetirse ya no genera deseo. Y es que todavía no se ha conseguido enterrar del todo a los políticos corruptos, siempre son muertos que gozan de muy buena salud. Para ejemplo, España.


Donde quiera que haya elecciones y candidatos, brotan aspirantes que se postulan como brujos para ahuyentar los malos espíritus de una vida cotidiana amarga e incierta; o como bomberos, para apagar fuegos de incendios iniciados por causas abstractas que prefieren no concretar, por si acaso se vuelque la barca de las verdades básicas que mueven al mundo; o como, por último, banqueros que gastan nuestras vidas cada vez que ganan más. Brujos, bomberos o banqueros, cuantos más años logren gobernar los mismos, cuanto más repitan y cuantos más repitan, más inducirán un coma colectivo contra nuestra voluntad.


Somos el pasatiempo de los dioses del Olimpo político que, como brujos, practican la santería con nosotros; que como bomberos poco les importa que el fuego nos alcance porque ellos están más arriba todavía; que como banqueros nos abandonan con el mismo procedimiento utilizado en el Titanic para salvar a las clases más altas y hundir en el frío mar a las más bajas (excepto si hubiera petróleo en el fondo marino, entonces hay que apartar lo que estorba).


Es estremecedor comprobar la pasión por el sufrimiento social de puro hacerse habitual, de no con
seguir más que unos pocos quejidos en momentos estelares tales como no votar en un alto porcentaje. Tan grande es el miedo que nos amortaja que Europa se hace conservadora. Ya lo es desde hace mucho, sin que nadie quiera admitirlo. Ejemplo: nos entregan una carta de defunción a los universitarios, firmada en Bolonia, y sólo se movilizan los más conscientes, los estudiantes; mientras, los profesores, divididos en reinos de Taifas, discuten asignaturas que no me quiten o asignaturas que me pongan, ay, que es mi gran ambición intelectual, inconscientes de que el dedo vírico de la política les ha alcanzado de lleno hasta hacer indistinguibles un folletín de Corín Tellado de una reflexión crítica.

El origen del saber no está ni estuvo nunca en la universidad. Está en nuestras carencias primordiales, en la desesperada búsqueda de soporte a nuestros vacíos, en el placer de destapar la Caja de Pandora para tener una mínima idea de nosotros mismos. Ahora ya no tenemos ni idea de quiénes somos, el rigor mortis de la política simplemente nos ha helado hasta el alma (empezaron por el cerebro). Ahora mismo, ha triunfado la materia sobre el espíritu, el desamor a la especie y el desamor a uno mismo.


José Antonio Younis (Catedrático de EU de Psicología social de la ULPGC)

LA PROVINCIA

viernes, 8 de mayo de 2009

Artículo de Juan José Millás: "Confesión"


Yo he tenido una suerte enorme de que no me hayan acusado nunca de un asesinato. A mí, viene la policía a buscarme y me pone las esposas por un crimen cometido en Australia, adonde no he viajado nunca, y me lo creo, creo que he sido yo porque habiendo matado imaginariamente a granel, y no teniendo siempre claras las fronteras entre el pensamiento y la acción, ignoro a veces en qué lado de la raya me encuentro.

Con frecuencia, caigo en ensueños criminales o artísticos (también económicos) cuya textura es idéntica a la de la realidad, de modo que si viene un hispanista norteamericano a darme coba por haber escrito La Regenta, me lo creo también, pese al desfase cronológico, y es que me ha faltado el canto de un duro para escribirla, lo mismo que para matar a alguien. Es más, quizá he cometido algún crimen que ha pasado inadvertido o he escrito una obra maestra de la que nadie me acusa. Entonces, si voy a una ventanilla de Hacienda y el funcionario me habla en francés, le respondo en francés (aunque no sepa), convencido de que tal es mi verdadera nacionalidad, mientras que la española fue un sueño. Y si estoy tirado en el sofá y veo acercarse a mi mujer con la correa del perro en la mano, soy capaz de ponerme dócilmente a cuatro patas, por si mi condición de hombre hubiera sido un delirio del que me tengo que apear (mi perro los tiene, pero sólo él y yo lo sabemos).

Observo mi existencia con la perspectiva que dan los años y me parece un milagro que haya sido siempre, más o menos, la misma cosa, que no haya dejado, en fin, de ser quien soy, quizá para ocultar que en realidad soy un perro, un asesino, un eximio escritor (¿qué rayos querrá decir eximio?). De todas formas, no crean que me siento a salvo. Cada vez que suena el timbre de la puerta, me acojono, por si fuera la policía. O un hispanista norteamericano.
EL PAÍS



miércoles, 6 de mayo de 2009

Artículo de Rosa Montero: "Una vida" (El País)


Un cabrilleo de agua y sol en el mar, o quizá en una piscina. El cuerpo caliente y esponjoso como pan recién hecho.

Sombras en la noche, una pesadilla. Las manos de tu madre encendiendo el mundo, disolviendo los monstruos. Ordenando las cosas.

Carreras jadeantes, frenéticas risas, juegos de niñez en patios retumbantes.
Melancolía aguda de lo aún no vivido. Intuición adolescente del resto de tu vida. Deliciosa tristeza.

La carne, un tesoro. El vertiginoso misterio de los cuerpos. El amor estallando como una supernova y dejándote ciego.

Y también el desamor: un agujero.

Una noche de agosto en pleno campo, un alboroto de cigarras, una luna llena de color naranja que parece el decorado de un teatrillo japonés, el tiempo por una vez piadosamente detenido. La plenitud, que siempre es sencilla.

Mirar a un amigo, mirar a tu amante y ver en sus ojos el pasado común. Contemplarte en los otros como en un espejo.

La serenidad que llega tras las lágrimas. Y también todas las risas compartidas, los momentos de juego, las carcajadas dichosas.

Todos los libros leídos, las músicas gozadas, los besos recibidos. Y una conversación una tarde de invierno comiendo chocolate frente a la chimenea.

La alegría de vivir. Y la fugaz y espléndida belleza.

Una noche de angustia. Intuición de la muerte. Una mano en la tuya. La cama es una balsa en mitad del naufragio.

Una novela leída al lado del lecho de un enfermo mientras llueve.

Torbellinos de polvo en un rayo de sol, un universo ínfimo.

Un cabrilleo de agua. El último chispazo.

Esta poca cosa, o esta enormidad, es una vida.



miércoles, 22 de abril de 2009

Artículo de Gonzalo Pontón: "La perplejidad de Darwin" + Humor gráfico (Forges)

Durante los próximos meses asistiremos a la publicación de varias ediciones conmemorativas de los 150 años de El origen de las especies, que se dio a las prensas cuando su autor, Charles Darwin, iba a cumplir 50. Es justo que sea así. De la carismática trinidad progre (Darwin, Marx, Freud), ninguno ha podido derrotar al tiempo como el primero.

Aunque quedan algunos detalles por ajustar que no afectan a su esencia, la teoría de la evolución ha sido verificada hasta la saciedad desde el registro fósil a la genómica comparativa, y hoy es un hecho científico tan indiscutible como la existencia de los átomos o la de los agujeros negros. Indiscutible, pero no indiscutido. Las Iglesias cristianas, judías y musulmanas no pueden aceptar la teoría de la evolución porque, según sus libros santos, un dios primordial omnipotente y omnisciente lo creó todo en seis días (o en seis mil millones de años, que en lo de la cronología los clérigos más espabilados se apuntan a la metáfora).

Acuciados por los descubrimientos científicos que han ido desmontando, pieza a pieza, la narración del Génesis y todos los mitos de creación existentes, ciertos fundamentalistas religiosos han propuesto, como explicación "científica" alternativa a la evolución, la existencia de un diseñador inteligente, en un remake de la vieja narración bíblica, pero sustituyendo al Anciano de los Días por, digamos, un Enric Satué o un Alberto Corazón todopoderosos.

La teoría de Darwin se asienta en cuatro pilares fundamentales: la evolución, el gradualismo (con las matizaciones de Stephen Jay Gould y Niles Eldredge), la especiación y la selección natural.



A estos cuatro pilares, el profesor Jerry A. Coyne, que acaba de publicar un libro titulado Why Evolution is True, añade un quinto que me parece irrefutable: "La imperfección es la marca de la evolución, no la del diseño consciente". En efecto, la evolución produce criaturas imperfectas, inacabadas. Los mecanismos evolutivos han dotado al kiwi de unas alas sin función; la mayoría de las ballenas conservan vestigios de pelvis y huesos de las patas como recuerdo de su pasado de cuadrúpedos terrestres; los humanos contamos con músculos para accionar una cola ya desaparecida, erizar plumas de las que no disponemos (la "carne de gallina") o mover cómicamente las orejas.

Por no hablar del famoso apéndice, muy útil para que nuestros abuelos primates pudieran hacer fermentar las hojas de los árboles y transformar su celulosa en azúcares. ¿Qué función desempeña en los humanos aparte de ponerles, a veces, en riesgo de muerte? Tal vez el diseñador inteligente haya sido un cirujano avispado. ¿Sabían ustedes lo del nervio laríngeo de los mamíferos?

Yo tampoco, pero el profesor Coyne lo explica de maravilla: el tal nervio interviene en la fonación, pero en vez de ir directamente del cerebro a la laringe, desciende hasta el pecho, gira alrededor de la aorta y regresa a la laringe en un recorrido tres veces mayor del necesario. Fascinante. Pues ese nervio hace lo mismo en las jirafas, bajando y subiendo por su cuello como un taxista sin GPS. Ninguna deidad que se precie sería tan despistada. Lo que sucede es que el nervio laríngeo procede de los arcos branquiales de nuestros antepasados, los peces, y allí sí cumplían una función.

El aparato reproductor de los humanos es una galería de chapuzas y un campo minado.
¿Por qué los testículos no se forman directamente fuera del cuerpo, donde la temperatura es adecuada para los espermatozoides? Se forman en el abdomen, y cuando el feto tiene unos siete meses emigran al escroto a través de los canales inguinales, debilitando las paredes abdominales con el riesgo de causar hernias, a veces mortales. La uretra está muy mal diseñada, porque pasa por medio de la próstata, y cuando ésta se inflama dificulta o impide la micción.

Las mujeres paren a través de la pelvis en un proceso doloroso e ineficaz, porque es demasiado estrecha (por necesidades de la locomoción bipedal) para un cráneo que ha debido ensancharse para acoger el crecimiento del cerebro. Desde luego, el diseñador inteligente no era una mujer. Y ya que estamos hablando de los bajos, si usted fuera diseñador, ¿habría colocado una planta procesadora de residuos junto a un parque de atracciones?

Pero además, Darwin ya previó algo extraño en la selección natural, y es que no siempre actúa en bien de la especie. A veces la evolución puede producir resultados útiles para un individuo, pero perjudiciales para la especie en su conjunto. He aquí un ejemplo fastuoso aportado por el genio de Forges (EL PAÍS, 22 de febrero): en el dibujo aparece un obispo o cardenal (¿Rouco? ¿Camino?) de gesto avinagrado que Darwin observa entre perplejo y azorado. ¿Por qué razón?



Porque ve, como Forges y como yo, que aquí la selección natural no ha jugado en favor de la especie.

Si la selección natural "apaga" los genes más perjudiciales y activa los más favorables, ¿por qué existen los eclesiásticos? Si a través de la evolución y de la cultura, el animal humano ha mejorado la calidad de su vida, ha ampliado el alcance de su inteligencia y ha conseguido dotarse de una consciencia ética que le impulsa a amar a sus semejantes, a respetar sus vidas y sus libertades, y que le reprocha íntimamente, insoportablemente, sus miserias y su capacidad para el mal, ¿cómo es que no se ha desembarazado de los clérigos?

¿Qué función evolutiva tienen esos oscuros intérpretes de unos dioses atávicos que envían a niños-bomba a matar y ser muertos?

¿Por qué sobreviven seres inmorales capaces de engañar a sabiendas a los más débiles y desvalidos de los humanos diciéndoles que los preservativos pueden aumentar el riesgo de contraer el sida?

Sólo desde Darwin puede explicarse la existencia de tales criaturas: deben de ser vestigios de nuestros antepasados los reptiles. EL PAÍS.